Hugo Sanchez: Los restos de una reliquia devaluada

La vida de Hugo Sánchez la puedo resumir perfectamente en una escena de "Y entonces llegó ella", cuando Bob Dishy, en su personaje de Irving Feffer, pronuncia sus únicas palabras en toda su película hacia Philip Seymour Hoffman: "No puedes vivir en la gloria por algo que has hecho hace más de 10 años y no volviste a repetir".

La vida de Hugo Sánchez la puedo resumir perfectamente en una escena de "Y entonces llegó ella", cuando Bob Dishy, en su personaje de Irving Feffer, pronuncia sus únicas palabras en toda su película hacia Philip Seymour Hoffman: "No puedes vivir en la gloria por algo que has hecho hace más de 10 años y no volviste a repetir".

Así, cuando uno vive sumergido en una soberbia irreductible, tal cual la vive Hugo Sánchez, no tiene derecho a la abducción, porque Hugo es, lamentablemente para él, mortal y defectuoso, como toda la raza humana.

Como jugador, indiscutible. Un 9 que logró destruir los mitos peyorativos aplicados a la exportación de piernas mexicana. Logró atravesar una barrera delimitada exclusivamente por un miedo cultural al triunfo. Y él lo hizo, vistiendo solamente la camiseta de Pumas, con el inovidable Cabinho a su lado y más adelante, enviado al frente de ataque, con sus únicas armas de defensa en la bolsa: el fútbol y una chilena.

Así llegó y conquistó una España que aún estaba rendida con la velocidad infinita de Distéfano y todavía no preparada para un cambio de ídolo, pero Hugo lo logró. Fue un grande entre los grandes pero hasta allí llega el verbo: fue.

Ese traje de inmortal grandeza no supo ser surcido con los hios del éxito. Esa inmortal grandeza fue perdiendo sus poderes para reducirse a solamente un hablador sinvergüenza.

Ya como entrenador, esa etapa ganadora en Pumas creó un aún más insufrible Hugo, creyente único de su autoendiosada imagen y odiador de todo lo ajeno. Y aunque el mundo lo deseaba, el seguía construyendo su futuro trampolín hacia la nada.

La bisagra de Hugo y el corto éxito previsible fue en la despedida de Alemania 2006, cuando su eterna pelea con Ricardo Lavolpe, finalmente, no hizo más que ratificar la superioridad del argentino como estratega: cuando Hugo tomó el mando del Seleccionado Nacional reemplazando al sudamericano, sus bonos bajaron y sus acciones quedaron en el olvido.

Solamente, un humilde Almería logró acogerlo cuando unos años atrás el Bernabeu se rendía a sus pies. Y siguió por el mismo camino, el de una repetible soberbia que lo defenestró.

Hoy, Hugo Sánchez, una estampa que cansó y que no demostró con hechos el universo de éxitos que construyó con palabras, supo despedirse de un Almería ya abandonado en puestos de descenso. Mismos puestos en el que quedó un ídolo.

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