La Liga
Ha saltado la noticia. A un día de que el Espanyol reciba en su estadio al Real Madrid, el club ha comunicado la destitución del Pitu Abelardo, que tenía al equipo colista y con pie y medio en 2ª División tras la última derrota en campo del Betis.
Una decisión sorprendente dado lo apretado del calendario y el escaso margen hasta finalizar la temporada, especialmente teniendo en cuenta que pese a no lograr continuidad de resultados el equipo había dejado otras sensaciones en partidos recientes.
Rufete tomará las riendas para intentar obrar un milagro y evitar un destino que estaba escrito en una temporada que no ha podido ir peor tras el éxito que supuso clasificarse para Europa hace justo un año.
La marcha de Rubi y de pilares como Mario Hermoso o Borja Iglesias ya hacían intuir el bajón de un equipo que no tenía plantilla para pelear tres competiciones. Durante toda la temporada, el Espanyol ha adolecido de gol y Raúl de Tomás llegó al rescate demasiado tarde. Sobra decir que la culpa no es de Abelardo, ni de Machín, ni de cualquiera que se hubiese sentado en este banquillo que esta temporada estaba abonado al fracaso.
La destitución fulminante del Pitu es una maniobra más que busca negar un destino inevitable en forma de descenso para uno de los clubes que más años consecutivos acumulaba en primera. Un mazazo para la entidad, que ha tenido toda la temporada para reflotar un barco que inició la travesía con el rumbo equivocado.
Ni los cambios de entrenador ni la inversión invernal han supuesto el revulsivo necesario para evitar un descenso que será efectivo cuando las matemáticas hagan su trabajo. Abelardo fue valiente aceptando un banquillo en el que tenía mucho que perder, pero esta vez no pudo obrar el milagro. Seguramente su destitución sea lo más positivo para que el descenso no conste en su currículum. Todo esto, en la víspera de recibir al líder, que mañana puede terminar de certificar el funeral. Aunque en fútbol, ya se sabe, puede pasar de todo.
